Paris es tan accesible que parece haber perdido todo su atractivo para el viajero que busque un destino especial. Cualquiera que pase un fin de semana está obligado a visitar Notre Dame, hacer las interminables colas en el Louvre, subir a la torre Eiffel y pasearse por los Campos Elíseos. Pero al final, más allá de inmortalizar cada icono con nuestra cámara, la ciudad corre el riesgo de estar perdiendo su identidad. Incluso el barrio de Montmartre, que en otro tiempo fue refugio de artistas y bohemios, ha sucumbido a las legiones de turistas y puestos de souvenirs.

1Sin embargo, basta con salirse de los circuitos tradicionales para reencontrar el estilo único que caracteriza a la capital francesa. Mi recorrido favorito empieza en el puente de Bir-Hakeim, un puente de acero y piedra desde donde se obtiene una maravillosa vista de la Torre Eiffel. Recorrerlo por sus arcos interiores resulta una delicia para todo cinéfilo que recuerde escenas de películas como El último tango en París u Origen.

3Después subimos por las escaleras para adentrarnos en el distrito 16 y seguir hacia la plaza de Trocadero. En general no es muy difícil evitar los puntos más transitados para encontrarse con calles desérticas cuyo silencio solo se ve roto de vez en cuando por el paso de un coche o una bicicleta. La arquitectura del barrio, con sus edificios de estilo haussmaniano de seis plantas y hoteles particulares, conserva buena parte de las esencias de finales del siglo XIX y principios del XX.

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Más adelante es obligado pararse en la plaza de los Estados Unidos, que además de recoger diversos testimonios de la relación tan fluida entre ambas repúblicas, alberga varios edificios singulares que actualmente se han reconvertido en embajadas. Siguiendo en dirección norte nos acercamos al bullicio de los Campos Elíseos, que cruzamos de paso (no sin antes contemplar las vistas a izquierda y derecha del Arco del Triunfo y las Tullerías) para terminar llegando a la avenida Friedland.

6En la acera opuesta, la mayoría de viandantes pasan a lo largo de un muro de piedra, sin percatarse que existe una pequeña entrada a los espléndidos jardines del hotel de Salomon de Rothschild, uno de los banqueros más destacados del siglo XIX. Este pequeño parque resulta un lugar ideal para terminar la mañana con un picnic, si bien aquel que quiera visitar algún museo del barrio, con su particular mezcla de obras de arte y recreación de la vida de la alta sociedad parisina, puede continuar hasta los palacios de Nissim de Camondo o Jacquemart-André.

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