Nuestra noche de lunes pasó sin sobresaltos, nos tomamos una margaritas y nos fuimos directo a la cama. Estábamos exhaustos. Tanto así que nuestro plan de dar una vuelta por Flores a primera hora del martes (nuestro bus de vuelta a Guate salía a las 10AM) quedó descartado al levantarnos muy tarde de la cama.

Nuestro día se reduce por tanto a un viaje en autobús. 9 horas de trayecto.

Los paisajes son espectaculares. Petén, a pesar de que ha sufrido las embestidas de la mano del hombre, sigue siendo una selva sin final. Dedicamos las horas a leer, charlar, ponernos al día con este blog reflexionando sobre el viaje que estaba llegando a su fin. A pesar de que el autobús nocturno de la ida fuera tortuoso, le vimos el sentido práctico a la vuelta, ya que perdimos el día entero. El bus no iba lleno y éramos prácticamente los únicos turistas. El conductor del autobús aprovechaba para sacar un dinerito extra y recogía a personas de camino, dejándolos un poco más adelante. Es una costumbre común que veo en los países latinoamericanos, buscarse la vida como sea, sacarse unos céntimos a base de inventiva y aprovecharse de la situaciones que van presentándose (aunque a veces a costa de otros).
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Llegamos a Guate con el cuerpo entumecido y tomamos un taxi a casa (se pueden tomar taxis en sitios seguros sin problema, tienen una tarifa fija según el lugar).

Salimos con Pascale a cenar a un restaurante de carnes en la zona 10 (la zona de bares y restaurantes de la capital). Pedimos una parrillada variada y comimos como si no hubiera mañana.

Volvimos a casa y empezamos a preparar la maleta, ya que al día siguiente tocaba la vuelta a Madrid. Teníamos un importante reto por delante para lograr meter todos los regalos en las maletas que ya venían llenas a la ida.  Nos fuimos a la cama ansiosos, teníamos una escala maldita en Miami al dia siguiente, con un riesgo importante de perder el avión a Madrid…

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