En este día amanecimos a orillas del Lago Atitlán para luego dar una visita a San Pedro la Laguna, pueblo indígena a las faldas del volcán homónimo. Vivimos una experiencia muy enriquecedora con algunos habitantes del lugar.

San Pedro

Hoy hemos vivido la doble vertiente de la vida guatemalteca. Ahora mismo escribo desde la terraza de la habitación de un hotel sin demasiado lujo (y ecológico), mas con un precio por noche que el 99% de los guatemaltecos no podría pagar. Hemos desayunado con vistas al lago Atitlán, con sus espectaculares volcanes de fondo, enviando fotos a través de nuestros smartphones a familia y amigos de distintos lugares del mundo para reportarnos/generar envidia.

Al final de la mañana, hemos bajado los 380 escalones del hotel hasta el lago para tomar una lancha pública dirección San Pedro La Laguna. En esta lancha viajan tanto turistas con sus accesorios y mochilas como autóctonos con su ropa tradicional. En una de las paradas del camino divisé algo que Escalonesme llamó la atención; una niña indígena (niña por decir algo, ya que adivinar la edad de los indígenas es otro de los grandes retos a los que nos enfrentamos en este viaje), con dos libros de texto entre los brazos, subiéndose a la lancha. Me pareció esperanzador (puede que haya sido ingenuo e ignorante de mi parte pensar que ese hecho era una rareza y no una realidad latente en este país, o que la educación que iba a recibir era tan deficiente o tan esporádica que le iba a servir de poco, o que iba a poder implementar lo aprendido de mala manera en su comunidad poco adaptada, pero en ese instante me sacó una sonrisa).

Continuamos el viaje y por 2,5€ por persona llegamos a San Pedro. Este pintoresco pueblo, con un nombre fruto de la mezcla del conquistador español con la gente del lugar, es de los más grandes de la orilla del lago, ubicado muy cerca del volcán del mismo nombre, en la ladera de una montaña. Nuestra idea era simplemente caminar por sus calles e ir viendo qué surgía, sin tirar de guías ni ningún tipo de orientación, ver cómo discurría la vida de la gente.

Tras subir la primera cuesta (bastante empinada) entramos, casi al azar, a una tienda de pinturas. Nos atendió un amable joven con camiseta del Barca, que nos dio conversación Dios te Amafutbolística al enterarse que veníamos de España. El Barca jugaba en una hora y él no pensaba perderse el partido. Más adelante, descubriríamos que nadie se perdía el partido, y que hasta los locales o casitas más humildes tenían su televisor con el partido. La Liga Española y Dios son las pasiones de los habitantes de este lugar recóndito.

Volviendo al hombre de la tienda, nos contó que sus tres hermanos y él llevaban la tienda y pintaban todos lo cuadros. Eran obras realmente hermosas, de todos los tamaños y colores. Por un momento me sentí atraído por la idea de comprar uno de ellos, y el gran comerciante sacó toda su artillería. A pesar de que no ha sido el vendedor más talentoso que nos ha tocado en este viaje (ya hay un par con un puesto asegurado en el podio) vale la pena resaltar su insistencia y hasta desesperación porque le planteara un precio y le comprara uno ya, no después, no a la vuelta. Finalmente no compramos nada, no me vi con fuerzas y ni siquiera teníamos suficiente efectivo encima, y, como temía el amable vendedor, dimos mil vueltas por el pueblo y volvimos al puerto por otro lado, no por su tienda.

Continuamos nuestro camino montaña arriba observando puestos, gente, animales y tuc-tucs (cuya existencia, hemos concluido, denota a grandes rasgos si un país sigue siendo pobre o no). El camino nos llevó a la entrada de un cementerio. Como todo en este país, era un mar de color. Hasta la muerte es colorida, es festiva. Curioseamos un rato, observando nombre, fotos (en las tumbas que las tenían) y dedicatorias. Además de las constantes menciones a Dios y Jehová, y la repetición constante de un apellido indígena que ya no logramos recordar, comentamos la cantidad de años que vivía la gente en este lugar. Medias europeas. Mucha gente de 80 y pico y 90 y pico. Incluso uno de 112 años! Cuestión que achacamos claramente a un error. ¿Será que el aislamiento de este lugar proporcionaba un escudo respecto a la violencia, la miseria de este país que produce una esperanza de vida general tan baja? Salimos del cementerio con esa duda, no sin antes fotografiarme al lado de una pintada en la pared que versaba “si murieras hoy ¿dónde pasarías la eternidad?Eternidad

Bajamos una cuesta por una ladera que no era por la que habíamos subido. Poco a poco, la calle se fue llenando de chicos con indumentaria colegial (mochilas, libros). Siendo la 1 de la tarde, asumimos que presenciábamos la salida del colegio. Sin embargo, al final de la bajada descubrimos que se trataba de la entrada del colegio, una construcción azul,
medio montado. Como no podía ser de otra forma, decidimos entrar a echar un vistazo. Los chicos nos miraban, se reían, se ponían nerviosos. Las condiciones del sitio no eran tan malas, aunque tenían ciertos elementos que serían inaceptables en centros educativos europeos (un agujero de considerables dimensiones en medio del pasillo de entrada, hierros oxidados en la entrada al patio de juegos…). Tras un par de minutos se nos acercó un señor, bajito of course, treintañero. Llamémosle Pablo. Era profesor de la escuela y parecía que además era el que manejaba todo el cotarro. Nos contó que no era un instituto educativo normal, sino que era una cooperativa donde chicos de 13 a 17 años hacían la secundaria. Los profesores prácticamente no cobraban por sus labores y los padres debían pagar 20 quetzaAl Colegioles (menos de 2 euros) al mes de matrícula de sus hijos. A muchos padres les costaba. Por las mañanas, asisten a ese centro los alumnos de “educación superior” enfocado en emprendedores (la carrera estrella es Administración de Empresas). Pablo nos contaba todo con una ilusión…

Terminamos intercambiando datos para permanecer en contacto. Nos pidió que si en algún momento podíamos colaborar, sería de gran ayuda. Al ser una cooperativa, su presupuesto es bastante escaso y van tirando como pueden. Nos pidió lápices, folios, lo que queramos.

Seguimos nuestro camino con sentimientos contrapuestos; había confirmado mi sentimiento inicial al ver a la niña indígena esperando la lancha para ir a estudiar hora y media antes. Existían proyectos interesantes y centros educativos. Pero los padres de esos alumnos tenían que curtirse el lomo para reunir esos 2€ al mes para mandar a su hijo al colegio. 2 míseros euros. Lo que gastamos diariamente en una caña, en un par de bollos, en la propina de la cena barata.

Para ya cerrar esta entrada, y no aburrirlos con este día que realmente ha tenido de todo (desde mi punto de vista, el más completito del viaje hasta ahora) les cuento que antes de coger la lancha de vuelta al hotel, nos cruzamos con un chico de edad indeterminada (nosotros calculamos que entre 12 y 14, aunque aparentaba menos) que estaba manejando unas lonas muuuuuy largas llenas de semillas. Intercambiamos unas palabras con él y nos contó que era café (producto Caféestrella de Guatemala) que llevaba 6 días secándose al sol y ahora debía ser recogido para ser enviado a la capital para que sea tostado, molido y vendido. Como este niño, hemos visto a infinidad de niños trabajando, así que bueno, por lo menos los del centro educativo de condiciones lamentables tenían el lujo de estudiar.

Y mientras tanto nosotros cerramos nuestro día en el hotel con vistas preciosas al lago, angustiándonos porque no conseguimos buena señal para el wifi, problemas del primer mundo…

Nota: Le hemos escrito a Pablo para que nos envíe fotos del lugar y de sus niños (y
a que estába  

mos tan concentrados escuchando su relato y viendo la situación que nos rodeaba, que no hicimos ni una foto) pero aún no hemos obtenido respuesta. Cuando la tengamos, si tenemos su autorización, incluiremos las fotos en el blog.

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