La mezcla del jet lag, los correríos, la fiesta nupcial y el trasnoche nos dejó previsiblemente exhausto. Por ello, nuestro plan era tener un domingo de relax, no poner la alarma del móvil por primera vez en muchos días y dejarnos llevar por lo que nos diera la gana. Gracias a ello, nos levantamos…a las 7 de la mañana. En Guatemala amanece bastante temprano (tanto en el sentido literal, de salida del sol, como en el ritmo de la gente, donde todo empieza pronto y, por ende, termina pronto) y la ausencia de persianas “españolas” tuvo como consecuencia que nuestro cuarto se inundara de luz 3 horas después de que cerráramos párpados, y tocó levantarse.

Nuestra “host” , Pascale, pasaría el día fuera de casa y, a pesar de que nos dijo que si queríamos pasar el día con ella en una casa fuera de la ciudad, le avisáramos, resulta que tenía mal apuntado su número de teléfono y estábamos incomunicados. Intenté contactar con un par de amigos que tenía pendiente ver

Paréntesis.

Viví de los 7 a los 17 años en Guatemala, pasando allí prácticamente toda mi vida escolar y adolescencia. A pesar que las distancias no son mi fuerte, conservo buenos amigos ahí, razón por la que hemos venido a este viaje. Ayer fue el segundo reencuentro con muchos de ellos desde mi partida de Guate, ya que había vuelto una vez hace 5 años. A otros llevaba una década sin verlos. Eran ya otras personas, desde luego no los “niños” que dejé. La primera vez que visité, mi sorpresa versó alrededor de la evolución (por otra parte lógica) de la vida de todos, alejándose del ambiente del colegio. La ingenuidad de este servidor lo llevó a pensar que todo iba a seguir exactamente igual a como lo dejé. Pero resulta que, aunque algunos seguían viéndose con cierta regularidad, el cambio era evidente. En una reunión que se organizó por mi visita, además de darme un abrazo al saludarme por el tiempo que llevaban sin verme, se daban un abrazo entre ellos por el tiempo que llevaban sin verse. La vida es así, evidentemente.

Pero esta vez era diferente. Lo dispersión de los “amigos de colegio” la había asumido y comprendido, pero ahora me enfrentaba a otro cambio de estilo de vida. Para empezar, y como explicamos en la entrada de blog anterior, asistíamos a una boda de uno de mis mejores amigos. Un chico de mi edad que “decide iniciar una nueva fase de su vida uniéndose para siempre con su pareja”, parafraseando una parte del sermón del cura de ayer. Y no es una excepción. Resulta que, como me decía una amiga anoche, gran parte de los chicos de mi promoción están ya casados o comprometidos, a diferencia de las mujeres, que el porcentaje de casadas o comprometidos es aún minoritario. (¿Alguien tiene alguna teoría de por qué ocurre esto? En todo caso debería de ser al revés la tendencia, ¿no?)

Por lo tanto me encuentro con que hallar a un amigo soltero en Guatemala no es tarea fácil, en contraposición con mis amistades españolas, donde la idea del matrimonio no ronda la cabeza de prácticamente nadie.

Vuelvo.

Intenté contactar con un par de amigos que tenía pendiente ver (a través de Facebook), pero, por la inmediatez con que queríamos organizar la quedada (esa misma tarde), resultó imposible. Nos encontramos con que teníamos el día entero para nosotros solos, ¿no suena mal no? El pequeño matiz versaba sobre el hecho de que la capital de Guatemala (como resultado de prejuicios extranjeros, historias que cuentan por ahí y ciertos datos objetivos) no es un lugar seguro para “lanzarse a la aventura”. Ambos nos consideramos aventureros y nos encanta “patear” las ciudades, pero lo más lejos que llegamos fue a un Taco Bell ubicado a 20 pasos de la casa. Estábamos en una jungla de cristal.

Es una sensación extraña eso de depender de otros para movilizarte y para hacer planes. Sientes que has vuelto a la minoría de edad. Como “europeo” te produce cierto agobio. Así que hicimos de tripas corazón y pasamos el resto del día divisando la belleza guatemalteca desde un ventanal. Por lo menos logramos el objetivo inicial del domingo, que era descansar.

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